martes, 28 de marzo de 2006

Efectos del terrorismo de Estado sobre los familiares de las víctimas (de Página 12)

Psicología / Jueves, 23 de Marzo de 2006


EFECTOS DEL TERRORISMO DE ESTADO SOBRE LOS FAMILIARES DE LAS VICTIMAS

Memoria del desaparecido

Un análisis de los efectos que la detención-desaparición de personas produjo sobre los familiares directos, a 30 años del golpe y teniendo presente que “los duelos de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes para las generaciones sucesivas”.

Por Diana Kordon, Lucila Edelman, Darío Lagos, Daniel Kersner, Silvia Schejtman y Mariana Lagos *

Los acontecimientos traumáticos ocurridos en nuestro país a partir de la última dictadura militar, particularmente aquellos vinculados a gravísimas violaciones a los derechos humanos, no sólo incidieron sobre los afectados directos, sino también sobre la sociedad en su conjunto; constituyen un referente imprescindible para comprender la irrupción de nuevas problemáticas psicosociales y clínicas en el área de salud mental. Esta nueva clínica nos coloca en la necesidad de investigar, a partir de la experiencia concreta del trabajo psicoterapéutico y psiquiátrico, la relación entre dichas situaciones traumáticas y la subjetividad, y el carácter multi y transgeneracional de la afectación. Lo traumático no resuelto en una generación pasa a las siguientes. Los duelos derivados de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes de elaboración para las generaciones sucesivas. En el caso de los desaparecidos, se agrega como factor desestructurante la ausencia del cuerpo, que impide la realización de los ritos funerarios, presentes en todas las culturas. Esta particularidad, sumada a las inducciones psicológicas oficiales, dificultó aún más el trabajo de duelo, dándole un carácter sumamente penoso y trágico. Podemos decir que la afectación fue multigeneracional –varias generaciones fueron afectadas simultáneamente–, intergeneracional –se tradujo en conflictos entre generaciones– y transgeneracional –sus efectos reaparecen de diversos modos en las generaciones siguientes–.

La desaparición provocaba un alto grado de dolor psíquico y una profunda alteración en la cotidianidad de los grupos afectados, en las relaciones intrafamiliares como en las extrafamiliares. Es particularmente siniestro el efecto que produce en una persona presenciar el secuestro de un hijo, un amigo, un vecino, y encontrar en el afuera una desmentida permanente, un no reconocimiento, una negación de la propia percepción. El percepticidio genera una situación psicotizante, que se agrava después por la ausencia de información. A su vez, que una persona fuera secuestrada y desaparecida aparecía como poco creíble para una sociedad que, si bien había conocido previamente diferentes formas de represión política, no había vivido fenómenos de semejante magnitud.

Los familiares, cuando desaparecían sus hijos, desconocían la posibilidad de que la detención, por violenta que hubiera sido, se transformara en desaparición y/o asesinato. Después de un período prolongado de gestiones infructuosas para determinar el paradero de sus hijos, amenazados desde las instancias oficiales para que no hicieran conocer lo que estaba ocurriendo, bajo pretexto de aumentar los riesgos de la persona buscada, comenzaron a presentir que algo siniestro, desconocido, estaba ocurriendo. Aún no contemplaban la posibilidad de un no retorno, pero comprendían que, más allá de lo que imaginaban como posible, se había establecido un sistema de represión política en el que a las víctimas se las tragaba la tierra.

Durante los primeros años de la dictadura ni siquiera existía una palabra que diera cuenta del status de las personas que habían sido secuestradas. Aunque no expresaba la violencia del secuestro, y tal vez, porque la palabra “secuestrado” resultaba aterrorizante, se acuñó con el tiempo la expresión “desaparecido”, como una nueva representación social. La dictadura negaba la existencia de los desaparecidos, a la vez que inducía y presionaba a las propias familias para que los dieran por muertos.

En las familias directamente afectadas se producían diversos conflictos, que en muchos casos tuvieron consecuencias definitivas en cuanto a rupturas y modificaciones de la estructura familiar. Estaban vinculados con el terror que condicionaba las conductas concretas, los diferentes grados de identificación con el discurso alienante de la dictadura y el desplazamiento de la agresión, que en vez de dirigirse al objeto adecuado se instalaba en el interior del grupo familiar. Como se pudo observar posteriormente, muchas parejas que se formaron rápidamente en ese período parecen haber estado basadas en la ilusión de evitar el desamparo y en el bloqueo del difícil proceso de duelo. Bastantes de estas nuevas parejas se fracturaron inmediatamente después del final de la dictadura.

Un comentario particular merecen los hermanos menores de desaparecidos, que vivieron la situación de represión durante la infancia. Estos chicos tenían que elaborar la pérdida simultáneamente con los efectos desestructurantes y melancolizantes que la misma producía en el seno de su grupo familiar. En los casos en que los padres, especialmente la madre, participaban en algún movimiento colectivo de búsqueda de los desaparecidos, los hermanos podían tener sentimientos recriminatorios vinculados a las vivencias de abandono. También aparecían sentimientos de desvalorización en cuanto al reconocimiento narcisístico por parte de los padres, dado que el desaparecido iba siendo más y más idealizado. Sin embargo, no manifestaban explícitamente sus reproches, ya que estos sentimientos los ponían en conflicto con su ideal del yo, y porque temían perder el amor de sus padres. Al mismo tiempo, eran muy comunes las actitudes sobreprotectoras de los padres, por el temor a los posibles riesgos que implica la autonomía.

Muchas familias quedaron reducidas a la familia nuclear, reforzando los fenómenos endogámicos y la hostilidad hacia el exterior, apoyadas en el aislamiento al que eran empujadas por la situación de terror que hacía que sus familiares los abandonaran e incluso los cuestionaran. Tenían la vivencia de ser una especie de papa caliente que los otros no quieren agarrar. Su sola presencia antagonizaba en los otros los mecanismos de negación y disociación de lo traumático, incrementando su sufrimiento. Muchas veces, la violencia de los afectos suscitados en su entorno por el acontecimiento catastrófico lleva a las personas a la renegación de su propio dolor.

Con el tiempo, las familias directamente afectadas completaron sus procesos de reestructuración. Superado el período inicial de crisis, aunque el carácter del traumatismo vivido dejó consecuencias que están en el límite de lo elaborable, y la sensibilidad a los acontecimientos de retraumatización quedó aumentada. Observamos dificultades en el proceso de separación-discriminación en el vínculo entre abuelos y nietos. Unos y otros, por problemáticas diferentes vinculadas con la pérdida del apuntalamiento en el pasado, se consideran recíprocamente imprescindibles en el presente. También entran en crisis matrimonios sostenidos durante mucho tiempo en un acuerdo implícito de apoyatura para compartir la crianza de los hijos.

El sistema de desaparición de personas, como base de la represión, dejó una marca tan fuerte en la sociedad, que otras situaciones como prisión prolongada, tortura, exilio, insilio han quedado opacadas largo tiempo en la consideración de sus implicancias, incluso para quienes las padecieron.


Puntales


El psiquismo individual encuentra en el lazo social, expresado a través de múltiples mediaciones, un soporte indispensable para mantener su integridad y funcionamiento. Las situaciones de crisis, de emergencia, traumáticas, sean de origen endógeno o exógeno, ponen en evidencia por carencia, la importancia de este apuntalamiento, ya que el sujeto queda sometido a la pérdida de sus soportes habituales. Mientras el apuntalamiento se mantiene, el sujeto no tiene noticias de su importancia; no está sometido a sentimientos de indefensión, de inermidad, de desamparo y de temor a la desestructuración psíquica, ya que el sostén es mudo, pero es condición necesaria para garantizar el funcionamiento del yo.


Las situaciones traumáticas producidas en los grupos familiares durante un período prolongado generaban una pérdida del apuntalamiento psíquico de sus miembros. En cada caso esto se expresó de diferentes maneras, desde imposibilidad de una integración adaptativa adecuada del yo hasta problemáticas más circunscriptas. En otros casos, los chicos asumieron precozmente roles familiares adultos, ocupando el lugar del padre o la madre desaparecidos, funcionando como pseudo partenaire adulto y estructurando una personalidad con rasgos de sobreadaptación; esto sucedió con mayor frecuencia en varones, especialmente a partir de la segunda infancia y principios de la adolescencia.

Los fenómenos de sobreadaptación se observaron en las mujeres más tardíamente, especialmente a partir de la adolescencia. Se observó también la actitud defensiva de evitar hablar sobre la situación traumática. Es probable que, en los varones, la sobreadaptación esté vinculada con el rol social del hombre: al encontrarse solos con la madre o la abuela, es decir en un vínculo con una figura femenina, desarrollaron precozmente una función protectora. En los adolescentes varones que contaron con la presencia de figuras paternas sustitutas, pero a su vez debilitadas por sus propios sentimientos de pérdida, los efectos patológicos están más vinculados a conductas infantiles o impulsivas.

En las adolescentes sobreadaptadas, el problema se relaciona con el mantenimiento de vínculos simbióticos y el temor o la angustia ante las pérdidas. El discurso social que induce el olvido renegatorio y avala la impunidad constituye un factor importante para la pérdida del apuntalamiento.


Un alivio


Muchas familias tenían gran dificultad para informar a los niños sobre lo ocurrido con sus padres, particularmente durante los primeros años de la dictadura. Incidían: el mandato de silencio sobre todo lo que ocurría; el temor a lo que pudiera pasar a los propios chicos o a las familias, si los chicos comentaban algo con sus compañeros de colegio o con sus amigos del barrio, y la dificultad de los adultos en aceptar el sufrimiento que la situación de desaparición les causaba, dificultad proyectada en los chicos bajo la idea de que la información podía causarles daño o sufrimiento.


Generalmente, las explicaciones acerca de la ausencia de los padres eran falsas. Entonces, estas explicaciones podían ser interpretadas como un abandono voluntario por parte de los padres. En la mayoría de los casos, los niños, sobre todo los que ya estaban en edad escolar, sabían que la información que recibían era falsa, y en algunos casos conocían lo que había pasado con sus padres. Sin embargo, acompañaban el secreto familiar haciéndose cargo de la prohibición de hablar de lo que ocurría en la familia. Resultaba habitual que se mantuviera el silencio fuera de la familia, inclusive en la relación con los pares. Esto privaba a los chicos del apoyo de sus grupos naturales.

En otros casos, la situación se contaba en forma de confidencia. Y en ese tiempo muchos terapeutas, consultados por estas familias sobre cómo manejar la situación de los niños –bajo el influjo del discurso alienante de la dictadura y urgidos por dar alguna respuesta que resolviera la ambigüedad psicotizante de la situación de presencia-ausencia de los desaparecidos– aconsejaban dar por muerto al desaparecido e informar en este sentido a los niños, suponiendo que la familia y los niños podrían elaborar de esta manera el duelo. La experiencia demostró que era esencial que los chicos tuvieran una información pormenorizada de lo ocurrido, dado que los efectos patológicos del secreto podían llegar a ser tan importantes como la situación de pérdida.

Por otra parte, en familias que no guardaban ese silencio y estaban comprometidas en la actividad pública de búsqueda de los desaparecidos, muchos chicos, especialmente durante el período llamado de latencia (aproximadamente entre los cinco y los 12 años), evitaban hablar del tema. Esto provocaba angustia en los familiares ya que lo tomaban como una negación de lo ocurrido. Una consecuencia frecuente era la insistencia compulsiva, por parte de los adultos, y el rechazo u hostilidad por parte de los chicos.

Una de las funciones terapéuticas es ir al encuentro de la realidad traumática, habilitando un espacio de palabra que permita la salida de los mandatos externos e internos de silenciamiento, aun cuando el encuentro con ese espacio implique un período de sufrimiento. En todos los casos que hemos conocido, acceder a la explicitación de la verdad produjo un sentimiento de alivio.


* Extractado del trabajo “Memoria e identidad”, cuya versión completa puede leerse en la página web del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial www.eatip.org.ar

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Un abrazo,
Klau Fimiani
MSN: claudio_fimiani@hotmail.com

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